La última quiosquera de calle en León: la crisis del papel aboca a los vendedores de prensa a ‘diversificar o morir’

Rosa María Couto en el conocido quiosco de la Inmaculada en León.

César Fernández

Encajonado entre dos árboles, el quiosco que regenta Rosa María Couto podría pasar desapercibido pese a estar en la céntrica Plaza de la Inmaculada de León. Algo similar podría suceder con el trabajo de su titular, que sólo descansa los tres días del año en que no se publican periódicos (Navidad, Año Nuevo y Sábado Santo). Hasta que llegó la pandemia, tuvo circunstancialmente que hacer cuarentena y varios de sus clientes descubrieron de repente que no era tan sencillo comprar la prensa en la zona. A día de hoy, el suyo es el único de calle abierto en la capital leonesa, donde parecen un elemento en peligro de extinción.

El quiosco de la Plaza de la Pícara Justina llevaba décadas viendo pasar el tiempo. Dominica González 'Domi' lo cogió hace más de 40 años, cuando la prensa se comía casi todo el pastel del negocio. El día 5 de agosto cerró sus puertas para trasladarse al bajo comercial situado apenas a cincuenta metros de distancia. “¡Era tan bonito!”, se lamentan algunos clientes ante su hija, Raquel Rodero, que dispone de más espacio (y servicios) para diversificar el negocio ahora que los periódicos y las revistas suponen el 65% de la tarta al final de cada jornada. “Y va a seguir cayendo, lo que nos obligará a meter cosas nuevas”, añade al asumir como un hecho impepinable la crisis del papel.

Ponferrada cuenta con cerca de una decena de quioscos de calle en su casco urbano, los mismos que podría haber hace 25 años en León, donde los puntos de venta de prensa han pasado de 130 a 80

A la caída de las ventas de periódicos y revistas puede darle una dimensión más global el presidente de la Asociación de Vendedores de Prensa de León PrensLeón, Marcos García, al frente desde hace dos décadas de un colectivo que agrupa a 110 miembros, de los que 15 están al otro lado del Manzanal. Ponferrada cuenta con cerca de una decena en su casco urbano, los mismos que le salen al hacer memoria del León de hace 25 años. “Aquí nunca hubo muchos”, dice desde el bajo comercial que ocupa con el nombre de 'Bam-Bam' en la calle Daoiz y Velarde, adonde se trasladó hace 17 años desde un local más pequeño abierto hace 38. No hay que remontarse tanto para cifrar en el tiempo la crisis del papel hasta situarla en el horizonte de hace diez años. Y pone un ejemplo tomando una guía de la Liga de fútbol de Marca: entonces era tan apetitosa que agotaba los 50 ejemplares que le mandaban; ahora, con la competición ya comenzada hace semanas, apenas ha vendido 13.

Cuando un periódico se convierte en “un artículo de lujo”

Rosa María Couto fue cuidadora hasta que en 1992 comenzó a repartir prensa con una furgoneta, un negocio que todavía compatibilizó un tiempo cuando hace veinte años tomó las riendas del quiosco de la Inmaculada, donde cada jornada emplea una hora en montar y otra en desmontar una infraestructura que cambia cada 24 su 'escaparate' de titulares y fotos de portada. Tan farragosa es esa rutina diaria que normalmente está de 7.00 a 21.00 horas. Ahora, de forma circunstancial, está cerrando a las 15.00 horas. Ella cogió este espacio con el cambio de la peseta al euro. “Había más alegría a la hora de comprar de aquella”, recuerda con el contrapunto de que, con la información a tiro de un clic en el teléfono móvil, comprar el periódico en papel se ha convertido “en un artículo de lujo”. “Se puede pasar sin ello”, admite la que, con el establecimiento de la Plaza de San Marcos cerrado por una baja laboral, es ahora la única quiosquera de calle de León.

La prensa no supo enfocarse. Pensaban que iban a tener el chollo del siglo (con las versiones digitales): primero les dejo entrar gratis y ahora les cobro. Pero ahora ven que nadie se suscribe y tampoco compran en papel porque ya no hay hábito, dice el presidente de los vendedores

Remedando el 'en qué momento se había jodido el Perú' de la novela 'Conversación en la catedral' del Nobel Mario Vargas Llosa, se puede preguntar en qué momento lo hizo la prensa de papel. El presidente de PrensLeón lo tiene claro: “La prensa no supo enfocarse. Pensaban que iban a tener el chollo del siglo (con las versiones digitales): primero les dejo entrar gratis y ahora les cobro. Pero ahora ven que nadie se suscribe y tampoco compran en papel porque ya no hay hábito”. Marcos García, que también censura cuando los editores mandaban gratis el periódico a centros escolares engordando la difusión a costa de mermar el negocio de los quiosqueros, reconoce que la fórmula del dos por uno (uno nacional y otro provincial al mismo precio) pudo “estimular un poco las ventas”, pero apenas supuso un parche. Cuando se jodió el Perú (la prensa), él empezó a despachar pan en su establecimiento.

Dominica González cogió hace 41 años el quiosco de la Pícara Justina. “El armazón creo que era de adobe”, hace memoria. “Nosotros le pusimos puertas de aluminio. Luego lo tiramos y pusimos uno de hierro. Y ahora teníamos este que había puesto el Ayuntamiento”, relata. Su hija, que se sumó hace casi diez años, supone el relevo generacional. Pero un paso que parecía natural se fue complicando por “dificultades burocráticas”. Por el medio apareció la oportunidad de dar oxígeno a un catálogo de productos que desbordaba las paredes de la caseta y de dejar de pedir favores para ir al baño. El horizonte de un trabajo muy sufrido es más amable desde un espacio en el que, aparte de unas mayores comodidades personales, ha podido introducir souvenirs, juegos de la ONCE y recargas de autobús, la necesaria diversificación ahora que ninguna noticia por importante que sea agota las tiradas. “Si acaso que se volviera a casar el rey”, bromea.

Los quioscos tienen un enorme agujero negro en la pirámide de edades de su clientela. Los niños acuden al reclamo de las chucherías y los juguetes. Pero hay que avanzar hasta los 50 para encontrar compradores habituales de periódico. De los 15 a los 55 es un público perdido, dice desde la Pícara Justina Raquel Rodero

El resultado de esa crisis del papel es que los quioscos tienen un enorme agujero negro en la pirámide de edades de su clientela. Los niños acuden al reclamo de las chucherías y los juguetes. Pero pasados los 15, hay que avanzar hasta más allá al menos de los 40 o los 50 para encontrar compradores habituales de periódico. “De los 15 a los 55 es un público perdido”, asume Raquel Rodero con la única excepción de los padres que les compran coleccionables a sus hijos pequeños. La realidad esconde una paradoja: a la caída de lectores no le ha seguido una desaparición de cabeceras. El número de revistas creció exponencialmente desde los tiempos en los que Domi apenas despachaba Tiempo, Interviú y Cambio 16. Y ya no sólo es que no hayan dejado de editarse diarios, sino que el próximo 12 de octubre saldrá uno nuevo, El periódico de España, aunque sólo se venderá en Madrid.

“El hábito de lectura hoy está en el teléfono”

La diversificación es un hecho que se recorre en 'Bam-Bam' a golpe de estanterías con librería, chucherías, bebidas, encurtidos, pan, respostería, juegos, recargas de teléfono o copistería. La prensa y las revistas todavía ocupan un importante espacio físico, pero han pasado de suponer el 85% a apenas el 40% de las ventas de Marcos García. “El hábito (de lectura) hoy está en el teléfono”, apunta para cifrar en 80 los puntos de venta de prensa en León cuando recuerda que llegó a haber hasta 130.

Fuentes del Ayuntamiento constatan que ya no hay licencias específicas para quioscos de prensa de calle precisamente ante la reconversión de un sector que hace que en ocasiones el epígrafe sea de “actividades varias”. Y los quiosqueros, que en lo más duro de la pandemia fueron personal esencial y que entonces recibieron a nuevos clientes que compraban periódicos y sobre todo pasatiempos a veces como excusa para salir de casa, se ven obligados a poner variedad de productos a un negocio menguante.

Los que dijeron adiós para siempre

De hecho, la evolución de los quioscos más céntricos es sintomática. En 2018 coincidieron en cerrar los dos que flanqueaban el corazón de la capital, en la Plaza de Santo Domingo, uno ante el instituto Juan del Enzina y otro el histórico de San Marcelo, que el Ayuntamiento de León al final compró para desmantelar por completo.

Era la culminación de un fracaso de negocio, del que había dado muestras ya hace décadas el caso del quiosco de Puerta Obispo, flamantemente construido nuevo y de carísima madera en esa plaza, tras la Catedral, coincidiendo con las última reforma en la urbanización del entorno del templo. Jamás en casi 25 años llevó a levantar la trapa y finalmente el Consistorio tuvo también que quitar una estructura que ya se había podrido, literalmente.

En 20 años Rosa María Couto ha pasado de despachar un domingo 150 a 100 ejemplares de Diario de León en la Inmaculada. Su espacio no para diversificar el negocio. El Ayuntamiento tendría que ocuparse de modernizarlos porque también es imagen de ciudad

El Kiosco Domi ahora se ha quedado con el monopolio de una plaza muy transitada como la Pícara Justina en el que hasta el verano convivían dos negocios, por lo que de momento salen las cuentas. También muy concurrida es la Plaza de la Inmaculada. “La situación es buena. Antes la gente pasaba y paraba. Ahora ya sólo pasan”, lamenta Rosa María Couto, antes de poner datos a sus palabras: pasar en 20 años de despachar un domingo 150 a 100 ejemplares de Diario de León; o un lunes de 100 a 60 de Pronto. Su espacio no da tampoco para mucho más. “El Ayuntamiento tendría que ocuparse de modernizarlos porque también es imagen de la ciudad”, sostiene. Trasladarse a un bajo comercial parece una quimera: “Supone muchísimo dinero. En León las rentas están por las nubes”. Si la administración pública no moderniza y la propiedad privada no baja al suelo, con “pocos márgenes de beneficio” y a falta de una rebaja de impuestos, el futuro se pinta de oscuro para quien no se ve jubilándose en su puesto de calle. “No me gustaría. No me lo planteé en su día para toda la vida. Y querría tener al menos un día de descanso”, suspira justo antes de afrontar la rutina diaria de desmontar su quiosco, el último reducto de una tradición que parece tener los días contados en León.

Etiquetas
stats